<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-19787413</id><updated>2011-09-12T07:38:17.830-07:00</updated><title type='text'>novela</title><subtitle type='html'>perrologico se publicará por capítulos para invitar al lector a leerla por partes.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://perrologico.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19787413/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://perrologico.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>DavidGuzmanJativa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04543080591887078524</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>1</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-19787413.post-113435674593027817</id><published>2005-12-12T18:52:00.000-08:00</published><updated>2006-01-15T20:26:46.256-08:00</updated><title type='text'>Perrológico</title><content type='html'>Capítulo uno&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Sí, al pie del árbol del ahorcado Perrológico dice que sí con la cabeza. Desde la cancha de fútbol se lo ve como si no fuese un muchacho, un cadete, un ser humano, sino un animal extraviado de la manada, un triste buey desorientado. Bajo la rama de la que se han colgado los cadetes generación tras generación, Perrológico, cadete de cuarto curso, en shorts y camiseta, le dice que sí al teniente Vega que le entrega un par de guantes de box para que se los calce, como se dice en el argot militar.&lt;br /&gt;A espaldas del teniente Vega el teniente Reyes acaba de entregar a su vez un par de guantes al recluta Alvarez, cadete de tercer curso. Méndez, conocido como Perrológico, escucha impávido las palabras de apoyo del teniente Vega.&lt;br /&gt;-Recluta, si no le sacas la chucha a este recluta de tercero, yo te saco la chucha a vos ¿oíste?&lt;br /&gt;-Sí mi teniente- replica Perrológico tratando de demostrar coraje.&lt;br /&gt;Es obvio, sin embargo, que él no nació para boxear, ni para gritar consignas, ni para reptar ni correr. Por su falta de voluntad es posible que haya nacido para obedecer, pero la violencia, en el fondo de sí mismo, le repugna, como años después podría repugnarle el sexo. Tal vez Mendez se encuentre en el lugar equivocado y no sirva para militar, sino para algo muy parecido en escencia, como para cura.&lt;br /&gt;Ahora no hay tiempo para pensar que estas equivocado, Perrológico, pues el recluta Alvarez se ha plantado ya frente a tí, mantiene elevada su guardia, tensos los brazos, penetrante y dura la mirada, y da pequeños saltitos que lo acercan hacia tí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Caída la guardia, mareado por los golpes, Perrológico espera en vano que alguien corra desde la cancha a desatarle los guantes. Todavía se tambalea y el teniente Vega ya le está gritando que tiene que formar mañana al mediodía, frente al micrófono. Allí forman fila los cadetes cuando van a salir por la tarde, o en las mañanas antes de clase. Allí forman luego de correr una pista, dar vueltas al autocentro o al laboratorio de Química. Los golpes comenzaron a dolerle y lenta, tristemente Perrológico busca como un perro la sombra, un poco de agua que nadie se acerca a darle. Se va por el pasadizo estrecho que lleva al coliseo, allí donde los cadetes se esconden para fumar, para hacer negocios con los exámenes o para ver pornografía.&lt;br /&gt;Lo encontramos después en el zoológico, frente a la jaula de los leones.&lt;br /&gt;-No te vayas a botar- le dijimos -les puede hacer daño comerte.&lt;br /&gt;Todo el mundo sabía que alguna vez un conscripto fue la comida de los leones. Pero no se sabe si entro vivo o muerto. Dicen, quienes adivinan mejor la historia, que un oficial, traicionado por su mujer con el conscripto, lo echó a la jaula.&lt;br /&gt;Serenos, majestuosos pasean los leones por la jaula. En realidad hay más leonas que leones, y alguna vez los sorprendimos en pleno sexo, león sobre leona. También encontramos así alguna vez a las tortugas. Y a los monos, que son exhibicionistas, les encanta masturbarse publicamente, en especial cuando hay chicas entre la concurrencia.&lt;br /&gt;-No los vayas a espantar con tu cara-le decimos a Perrológico que ahora se encuentra junto a la jaula de los feos cóndores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Perrológico anda siempre solo, como un ausente de la realidad. El año pasado un bache y él hicieron amistad, pero no duró mucho tiempo porque el bache salió cuando acabó el año. Casi todos los que entran aquí lo hacen por pobreza, porque van a seguir, después, la carrera militar. Otros entran por equivocación, porque sus padres o familiares en la milicia les comunican un sentimiento de heroicidad que no existe. Algunos vienen por castigo, como el bache (que quiere decir nuevo) ex-amigo de Perrológico, y muy pocos por convicción.&lt;br /&gt;Quienes conocemos la vida de Perrológico nos inclinamos a pensar que llegó aquí por una mezcla de podreza y equivocación. Años después quizá lo veamos convertido en un anónimo y oscuro subteniente que mantiene en perpetuo silencio las humillaciones de la adolescencia, o transformado en inocuo estudiante de leyes o administración de empresas, o convertido en lastimoso vendedor de dietas o teléfonos celulares.&lt;br /&gt;Como decíamos, el bache era el único amigo de Perrológico, y también Perrológico era su único amigo. Nunca los oímos conversar, pero los veíamos desde lejos, en el descanso entre clases, caminar juntos hacia el gimnasio para jugar en la cama elástica, o hacer cola en el bar para comprar dos sanduches y dos colas. Incluso entraron juntos al club de música de las tardes y Perrológico y su amigo el bache comenzaron a tocar la trompeta -¡Y era tan gracioso Méndez con la trompeta en los labios!- Sin embargo el bache se salió éste año, y Perrológico no volvió por el club de música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;Escualido, de una palidez enfermiza, Perrológico, cadete de cuarto curso, estaba, aquel año de la guerra con el Perú, en el club de Tae kan do. Teníamos un entrenador desmañado y pecoso que nos enseñaba a patear, a esquivar, a empujar. No hablaba con nadie, Méndez, y siempre estaba como riéndose solo. Después de la pelea de box con Alvarez, bajo el árbol del ahorcado, Perrológico se cambió al club de box. Quienes asistímos a esa pelea histórica supimos, como la intuición de Perrológico también se lo dijo a él, que el futuro no estaba en el Tae kan do, sino en el box.&lt;br /&gt;Guanin, el entrenador de box, era famoso, pues siendo joven había sido un héroe del ring. Había vencido por K.O. o por puntos a distintos rivales que venían de Colombia, de Perú, de Venezuela.Su figura era imponente. Su sola mirada atemorizaba.&lt;br /&gt;Después de ver a Perrologico formar al pie del micrófono todos los descansos de la semana, para someterse al castigo del teniente Vega, quien había apostado algo en aquella pelea, supimos que Perrológico estaba en box y nos cambiamos. Perrológico, el lunes de la semana aquella del castigo, vestía, como todos en el colegio, el uniforme de parada militar, y esperaba bajo el sol de esos días próximos a la navidad. Kepi, guantes, terno de lanilla, zapatos de charol, espolines. No existía nada más incómodo para iniciar una tortura. Nunca apareció el teniente, pero un brigadier se presentó, Renzo, el que iba en mi bus, y lo tuvo toda la semana en patitos - que quiere decir en cuclillas- haciendo flexiones de pecho y corriendo vueltas a la pista.&lt;br /&gt;Después nos encontramos a Perrológico con una pasta de manteca untada en la cara, calzado de guantes, practicando el gancho de la zurda contra un cuchimbolo, en el gimnasio, riéndose solo, como siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Bajas de un salto, unas cuadras antes de la casa. Vas a pasar por la tienda, a ver si te encuentras con la hija de la tendera, que a veces se queda a ayudar a su madre después de llegar del colegio. Entras, saludas, pides una goma de mascar, no está, sólo la tendera te pasa, indiferente, concentrada en la telenovela, la goma que te guardas, te despides, sales.&lt;br /&gt;Cuando llegues a la casa vas a cambiarte, a salir a buscar a Emilio que ahora estudia en un colegio de vagos, como dice él mismo.&lt;br /&gt;Abres la puerta y te encuentras a tu viejo dormido en un sillón. Huele a humedad. Entras a la cocina: una nube de mosquitos sobrevuela los platos sin lavar. No está tu mamá, debe estar en el hospital, piensas. Buscas en las ollas, lavas un plato, te sientas a comer.&lt;br /&gt;Cuando se despierte tu padre saldrá a sacar el bus del parqueadero para hacer el recorrido de la tarde. Vas a salir antes de que llegue tu mamá, para que no te pida ningún favor.&lt;br /&gt;Emilio ha de estar en su casa, con ganas de ir a chupar, oyendo esa música estridente que a tí te parece para desadaptados.&lt;br /&gt;Sales, después de comer fríjoles con arroz, jugo de tomate, una rodaja de queso y un pan. Pasas delante de la tienda, no la ves. Tomas el autobús en la esquina. Atraviesas un barrio de condominios, San Carlos, subes por la Real Audiencia, allí está el aeropuerto, aterriza un avión, cruzas la diez de agosto, bajas por el Morlán, te levantas cuando llegas al Inca, y de un salto, te bajas del autobús y comienzas a caminar al condominio de Emilio.&lt;br /&gt;Lo encuentras viendo una película pornográfica, mientras su hermanita llora en la cuna. Hoy fue el último día de clases y tienes ganas de hacer algo loco. "Tengo ganas de hacer algo loco" le dices a Emilio. "Cortemonos el pelo a mate" dice él. Piensas un segundo. Te miras en el espejo, preguntas: "¿Ayudará con las chicas?". Emilio te contesta: "Perro, todo es cuestión de actitud, si sabes como usar tu corte, de ley que ayuda". Te quedas mirando en el televisor a una rubia con unas tetas enormes. "Pero nos cortamos los dos", sentencias. "De ley", dice Emilio.&lt;br /&gt;Salen del condominio, van hacia la peluquería donde Emilio se cortaba el pelo cuando era cadete. Hacen moneda: pierdes.&lt;br /&gt;Entras a la peluquería, te sientas. Ves por el espejo a Emilio sonriente, al peluquero, a los calendarios de las chichas en pelotas. Le dices al peluquero lo que quieres. El hombre toma la máquina y te vuela el pelo de la cabeza. Ves por el espejo: Emilio no está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capitulo dos&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Cuando volvimos de las vacaciones de navidad estalló la guerra con el Perú. Los días de vacaciones los habíamos pasado de fiesta en fiesta, haciendo carreras en las motos, buscando peleas en la calle, conociendo chicas. Yo conocí una, Gabriela, que me llevó a una fiesta de quince años como su pareja. Sabía que debía declararme, pero sólo esperaba el día preciso.&lt;br /&gt;Estalló la guerra y cambió de golpe el colegio: los cabos, sargentos, soldados comenzaron a marcharse, y luego desaparecieron poco a poco los tenientes, capitanes, mayores y el coronel que era rector, también se fue. Quedó el teniente Vega al frente de todo el colegio militar. Se descuidaban las horas de instrucción formal y ya no asistíamos a la instrucción militar de los sábados, que era donde aprendíamos a disparar el fusil, a lanzar una granada, a formar una escuadra.&lt;br /&gt;Mientras veíamos llegar camiones con soldados que, pasadas unas horas, seguían su camino a la selva, o descender helicópteros en la cancha de fútbol, en el país existía una fiebre de patriotismo que se expresaba en los discuros de los políticos, en las plazas llenas de gente con banderas en las manos, en la televisión, la radio y los periódicos que protestaban por la invasión peruana.&lt;br /&gt;Entonces, los días viernes, en las horas que usualmente eran dedicadas a practicar el giro a la izquierda, o a desfilar con paso regular- conocido como paso de ganso- comenzaron a enviarnos a la calle, a visitar supermercados y tiendas con el fin de recolectar alimentos para los héroes de la frontera. Salíamos en grupos de cuatro o de cinco, nos parabamos en el umbral de una tienda, y uno de nosotros decía:&lt;br /&gt;-Buenas tardes, recolectamos víveres, medicinas o utencilios de limpieza para los soldados de la frontera.&lt;br /&gt;Volvímos al colegio, uno de esos viernes, con fundas de galletas, caramelos, chupetes, latas de atún, sardina, vendas para los heridos, alcohol, jabón, toallas, banderas. Teníamos dos o tres bolsas de plástico repletas de la colaboración para los héroes de la frontera. Como al regreso nos encontramos casi solos en el patio, decidimos ir tras el coliseo. Al virar hacia ese estrecho pasadizo en el que se hacían las cosas prohibidas, nos encontramos a Perrológico, sentado sobre la hierba, cortado a mate el pelo, comiéndose unas galletas y bebiendo una leche de chocolate. Antes de que pudiéramos reaccionar, emergió, del otro lado, Renzo, el brigadier, y mientras nosotros asumíamos la posición de firmes, Perrológico se ponía de pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;En casos de alta traición como ese, la baja es deshonrosa o el castigo es brutal. Sin piedad, Renzo nos llevó reptando por el túnel, hacia el otro lado del colegio; nos tuvo colgados de cabeza, en imaginarias como se dice, de una barra de la pista militar; nos hizo cantar el himno nacional mientras nos tenía en trípode, esto es, los pies y la cabeza en el suelo, con las manos tras la espalda. Por último nos llevó tras unos árboles, nos hizo gritar la oración del recluta, que dice: "Yo, recluta sudoroso, pecuecudo y feo, sin derecho a la vida, ni al aire que respiro ni al agua que tomo, le ruego a usted mi brigadier que con pechos y pistas me amamante y con el palo me enseñe a ser cadete". Y cada vez, después de gritar, nos daba con un palo.&lt;br /&gt;Renzo no era como los demás. Él odiaba demasiado la vida como para imaginar que los otros tuvieran algún respeto por ella. Se ensañó, como era de suponer, con Méndez, y lo tuvo castigado toda la semana siguiente.&lt;br /&gt;Nosotros también nos ensañamos con Perrológico, y cada vez que lo encontrabamos a solas le dabamos un chirlazo en la cabeza pelada o le lanzabamos babas con el dedo. Era difícil asediarlo si habían compañeros de él cerca que, para mantener la solidaridad entre superiores, nos reñían a veces. En el club de box, como éramos mayoría y casi no había cadetes de cuarto curso, un día en que sólo estaba él, nosotros, y reclutas de segundo y primero, lo crucificamos. Colocamos la cruz contra uno de los muros que daban a la calle, con Perrológico amarrado por las muñecas, la cintura y los pies. La cruz no estaba en posición totalmente vertical, pues Perrológico, aunque puro pellejo, hubiera caido por su propio peso, sino que estaba inclinada contra el muro. Hubieramos querido bajarlo y hacerle cargar la cruz en torno al ring, mientras lo azotabamos, pero ya era hora de salida, asi es que tomamos nuestras maletas y corrimos a formar para salir en los buses. A Perrologico lo desató, unas horas después, un conscripto que escuchó desde el autocentro sus gritos. Uno de los pocos conscriptos que quedaban en el colegio en esa época de guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Era una guerra por televisión. Algunos de los héroes que veíamos en la pantalla con la cara pintada y cubiertos de ramas, pasaban después por el colegio heridos de bala, granada o sin piernas. Pobres, los héroes. Nosotros en el colegio nos manteníamos en un estado de abulia acentuado por el calor de esos días antes del carnaval. Se había perdido el espíritu militar, sin los oficiales. Los brigadieres, algunos de los cuales llegaron a convertirse en verdaderos tiranos sin nadie que los controle a ellos, perdían a veces el control del colegio, pues a veces alguien obedecía con desgana o se rebelaba. Se perdieron las horas cívicas de los días lunes y la instrucción militar. Los cadetes de cuarto curso todavía no recibían el fusil, ni vestían el uniforme de guerra.&lt;br /&gt;Las clases continuaban, sin embargo. Una vez nos pusimos de acuerdo con los cadetes de cuarto curso para no recibir nunca más clases de física. Cuando el profesor entraba, salíamos por las ventanas. Lo mismo sucedía en los otros terceros y en los cuartos: entraba el físico Burgos y todos salían por las ventanas.&lt;br /&gt;Eramos nosotros quienes encabezabamos esa clase de acciones. Creo que no eramos hostiles, ni peleones ni abusivos cuando actuabamos como individuos, pero cuando nos uníamos volteabamos el mundo patas arriba. A pesar del aburrimiento de esos días antes del carnaval, hinchabamos globos de agua para jugar en el recorrido de bus. Los llevabamos en las maletas, los echabamos desde la ventana, o bajabamos del bus a reventar un globo contra el culo o las tetas de alguna hembra que anduviera por la calle. El objetivo era tocarle el cuerpo, como se sabe.&lt;br /&gt;A veces desatabamos guerras brutales al interior del bus, con heridos y golpeados, que obligaban al chofer a parar.&lt;br /&gt;Esos días anteriores al carnaval salíamos por las tardes, a mojar. Nos encontramos una vez a Perológico por San Carlos, caminando con una chica junto a él. Detuvimos el auto. Cada uno tomó un globo en cada mano. Abrimos las puertas. Corrimos por la calle. Atacamos.&lt;br /&gt;Volvimos al auto, cumplida la emboscada, mientras Perrológico buscaba algo absurdo por el piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;Tu mamá se queja de los longos del hospital, mientras tu papá ve la televisión. Tú piensas en estos días de sol, de sed, en la guerra, en el box al que te has entregado con una devoción feroz, y en la chica de la tienda. Poco a poco te has ido acercando a ella, entrando en su mundo de colegio de monjas, fiestas y deberes. Ya no esperas que esté en la tienda para acercarte y hablarle sobre qué ha hecho y cómo le va y qué va a hacer, sino que vas a preguntar por ella a su mamá.&lt;br /&gt;Ella sale, es simpática y amable, se sienta en las gradas que hay en la tienda o se apoya en la pared junto a la puerta. Sonríe, pero siempre te dice que está ocupada, que tiene que salir o que va a hacer los deberes. Entonces, casi siempre, regresas a la casa, ves televisión o vas en busca de Emilio.&lt;br /&gt;Cada vez Emilio está más rayado. Ahora dice que quiere irse a vivir con una puta que conoció hace unas semanas cuando saliste con él . Jugaste billa con él, anduviste rondando la tienda en compañía de Emilio, y después decidieron ir al centro, a ver mujeres desnudas bailando sobre una mesa. Llegaste al oscurecer. Entraste, después de Emilio. Olía a cerveza, a humedad, a sexo. Te sentaste en una de las esquinas, y Emilio tomó un lugar a tu lado. Luces verdes, rojas, violetas parpadeaban. La música te hacía temblar las manos por su fuerza. Comienza el show. Una muchacha rubia, regordeta, baila, se desviste, busca entre el público alguien que la ayude a desnudarse. Emilio es el elegido. Pasa al frente, desata el sostén de la chica, mientras ella baila, pegando su trasero contra el sexo de Emilio. Dos senos que se bambolean quedan descubiertos. El público grita, silva. La chica comienza a desnudar a Emilio, quien al inicio se resiste. Sin embargo la chica lo desnuda casi por completo. Emilio desliza hacia abajo el calzoncito azul de la chica, antes de quitarse el suyo y seguirla a una habitación donde ella le va a colocar un condón antes de echarse sobre las sábanas.&lt;br /&gt;Emilio se ha vuelto un vicioso de las chicas, y va casi todos los días. No sabes si va en busca de la primera o de otra, pero dice que quiere irse a vivir allá por un tiempo, que hasta le ofrecieron trabajo. "Pasando cerveza y limpiando las mesas".&lt;br /&gt;Quisieras que no te pase lo mismo, por eso buscas a una chica común, que te habla de sus deberes, de las fiestas, y que al fin acepta dar una vuelta contigo por el barrio. Se llama Susi, tiene el pelo corto, la piel cobriza y ligeramente chuecos los dientes de conejo. Te parece hermosa. Comienzan a caminar hacia un parque, mientras le cuentas del box, de la manteca en la cara, del sudor. Ella hace una mueca de asco. Entonces le dices que es posible que los envíen a la guerra, si ésta se alarga más. Te mira indiferente. Le cuentas de Emilio, un amigo tuyo al que le gusta el Metal. "No me gusta esa música", dice ella. Como en una pesadilla los ves aparecer, golpearla con los globos de agua en sus partes íntimas. La escuchas gritar. Ahora comienza a llorar. Buscas una piedra para estrellarla contra su auto, porque la rabia te posee, pero no la encuentras. Se van, y entre sollozos, la chica también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capitulo tres&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;La guerra llegó a su fin. La cordillera del Cóndor, Twinza, Coangos eran los símbolos de la defensa nacional. Existía cierto alborozo por el final de la guerra, y también cierta expectativa por el tratado de paz.&lt;br /&gt;Comenzaron a regresar los soldados de tropa y los oficiales, y nosotros escuchabamos sus historias de guerra. Un teniente había muerto defendiendo con su fusil el destacamento. Cuando se le acabaron las balas entraron los peruanos y lo hicieron prisionero. Todavía estaba prisionero, pero ya sabían que estaba vivo y hasta habían podido hablar con él. Nos lo imaginabamos levantando las manos. Un mayor se había lanzado desde el helicóptero que lo llevaba por sobre la selva: pisó una mina, perdió una pierna, y al darse cuenta, en el helicóptero, se botó de la nave. Nos imaginabamos su mirada alucinada.Un capitán se había pasado al lado peruano como espía: se disfrazaba de vendedor y merodeaba los cuarteles de Iquitos, de Tumbez, de Trujillo. Enviaba información sobre lo que veía y oía. Nos lo imaginabamos de mirón o comprando soplones. A su vuelta, ese capitan nos tomó a cargo, como se dice, y nos hacía trotar, flexionar, cantar. Mientras trotabamos, cantabamos, por ejemplo: "Quiero bañarme, en una piscina, /llena de chicas, de chicas en bikini/ Quiero bañarme, en una piscina/ llena de sangre, de sangre peruana."O también: "En una noche oscura de terrible tempestad, salieron los cadetes por las calles a trotar/ las hembras los miraban, los civiles se ocultaban/ cadete puro ñeque nunca para de joder" O también: "Yo soy un vampiro, vampiro negro soy/ nunca tuve novia/ y nunca la necesité/ un día me la presentaron/ y al siguiente la maté"&lt;br /&gt;El teniente Vega, que no se había movido del colegio, también era poseído por esa fiebre de patriotismo y de belicosidad. Ahora nos hacía gritar en las mañanas, como lo hacíamos antes de la guerra. A la pregunta: "¿De quién son el Amazonas y la región oriental" Contestabamos: "Del Ecuador son por herencia, del Ecuador son por derecho, del Ecuador serán por las armas." "Viva el Ecuador", gritaba el teniente. "Viva", contestabamos.&lt;br /&gt;Pero el teniente no podía contarnos historias de guerra, no más que las que nos contaba cualquiera que haya estado aquí. ¡Y el teniente era tan bravucón, y andaba siempre henchido como un gallito! Historias de guerra, soldados enloquecidos por la violencia en el frente, que querían salir de la selva sea como sea, en medio de gritos y blasfemias. Municiones perdidas justo en el momento de atacar al enemigo. Escuadras que tienen que vivir al pie de un árbol, rodeados por todas partes, en el árbol, por semanas enteras.&lt;br /&gt;El fin de la guerra apaciguó los ánimos de todo el mundo: se acabaron las multitudes con banderitas, los discursos vehementes de los políticos y el patriotismo de los periódicos, la radio y la televisión. Nosotros, los cadetes, ya no encarnabamos ese sentido de lo heroico que nos permitía ir a recoger víveres, medicinas, ropa de los supermecados y las tiendas.&lt;br /&gt;Sobre la fachada del templete de los héroes se colocó una cruz compuesta por fusiles, cascos, municiones. Allí mismo volvimos a celebrar los actos cívicos de los lunes. También allí, con el templete como fondo, se condecoró a los soldados y oficiales que estuvieron en la guerra, y se hizo discursos sobre la integridad nacional, la defensa de la soberanía y la misión de las fuerzas armadas. A mí, todo eso de volver a correr, gritar, marchar en ceremonias religiosas o militares me parecía muy bien, porque así perdíamos clase. Los profesores decían que estabamos terriblemente atrasados, que iban a tener que enviarnos como deber todo lo que nos tenían que haber enseñado en clase. Nosotros, mientras tanto, dedicabamos las tardes a organizar caidas ( que así se llamaba ir a la casa de alguien para encontrarse, en especial por la tarde), a las que invitabamos a todas las amigas de Gabriela.&lt;br /&gt;Con Gabriela me iba muy bien. Salíamos a pasear en moto, ibamos al cine, a alguna fiesta. Y cuando estabamos solos en su casa o en mi casa teníamos sexo. Eso significaba que ya no tenía para qué ir a cabarets o salas de masaje, y sin embargo seguía rondando esos lugares, y a veces vestido con el uniforme del colegio. Y también, cuando no me veía con gabriela, iba a buscar a alguna chica que había conocido antes o después de conocerla a ella. Podría hacer una lista interminable de mujeres que vi a la salida de un colegio, en el portal de una casa, en un centro comercial, en una kermesse, en una fiesta. Era obvio que a veces terminabamos besándonos, o sea, al menos bacilando.&lt;br /&gt;Creo que fue en la fiesta de los 15 años de la prima de Gabriela cuando, medio borracho como estaba yo, creí encontrarme con esa visión patética.&lt;br /&gt;La fiesta estaba de lo mejor: el hotel tenía piscina, la comida estaba buenísima, Gabriela estaba caliente. Como tantas veces había ido vestido con el uniforme de gala del colegio, pues a las fiestas de 15 años nos pedían que vayamos así, uniformados.&lt;br /&gt;Después de unos tragos salí con Gabriela al patio, a caminar por el filo de la piscina y luego a alcanzar el camino que iba entre los árboles. Comencé a besarla contra un árbol, y a tocarla por debajo del vestido. De pronto abrí los ojos y vi a Perrológico espiándonos trás de un arbusto, vestido de civil. Al inicio no lo reconocí, pero cuendo supe que era él, me separé lentamente de Gabriela con los ojos cerrados, listo a abrir los ojos y correr hacia él. Cuando abrí los ojos y lo busqué tras el arbusto, ya no estaba. Lo busqué por la fiesta, en el colegio el lunes y no lo encontré. Toda la semana estuvimos pendientes de encontrarlo, pero no lo vimos.¿Era una alucinación? Perrológico se había evaporado, o se escondía de nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Se acercaban las fiestas del ejército. Nosotros teníamos que exponer al público sobre la historia del colegio, sobre física o geografía, como en la casa abierta de cualquier colegio. pero además de las aulas y los auditorios repletos de experimentos caseros, maquetas, carteles, al colegio llegaban tanques de guerra, helicópteros, lanchas de combate, metralletas, basucas, uniformes militares, productos que provenían de las industrias militares. El poderío del ejército se exhibía esos días en el colegio. Llegaba la gente a jugar en un ejercicio que simulaba un paracaidas, a ver las fotos de la guerra, a comprar la comida o la ropa que producían las industrias del ejército. Y venían a escuchar a los cadetes explicar una ley química o exponer sobre el himno nacional.&lt;br /&gt;A mí me tocó ir al templete de los héroes, a una sala en la que se exponían las armas de la guerra del 41. Viejos fusiles, morteros, cañones y un torpedo dorado que ocupaba el centro de la sala. Todos nosotros ocupabamos las salas del templete y nos turnabamos a la hora de exponer. En las otras salas había uniformes desde la época de la independencia hasta la guerra del 41, medallas, cartas, sables. En la sala intermedia estaban minúsculos ataudes de mármol que contenían las cenizas de los soldados sacrificados en las guerras.&lt;br /&gt;Nosotros le hablábamos al público sobre batallas de una temeridad y una crueldad infinitas, sobre heroismos sobrehumanos, lealtades insuperables. Queríamos sorprender a los visitantes con historias inolvidables que la mayor parte de las veces eran medio inventadas y menos que la mitad de verdaderas.&lt;br /&gt;La historia del torpedo, por ejemplo. Les decíamos que era un botín de guerra. Que un grupo de infantes había tomado por asalto un puerto peruano y que entre lo requisado estaba el torpedo. ¿era cierto? ¿alguna vez había sucedido tal cosa? ¿constaba en algún libro de historia? ¿Cuál era el año, el puerto, el navío? Eran variables, según el humor, el público o el narrador. Pero la descripción de la batalla, el asalto final a la posición peruana atraía la atención de la gente. Lo contábamos como si estuvieramos recreando un videojuego.&lt;br /&gt;¡Y habían tantas mujeres por todo lado! Cuando salía del templete con una larga lista de teléfonos en la libreta, iba a dar vueltas en la moto, a parar junto a alguna chica e invitarla a subir.&lt;br /&gt;Cuando venía Gabriela pasaba unos minutos con ella y volvía a exponer en el templete, a conseguir teléfonos.&lt;br /&gt;Ni siquiera volvía a la casa, y me pasaba las tardes, cerrada la exposición, buscando chicas en la moto.&lt;br /&gt;Una de esas tardes fue cuando descubrí que Renzo, el brigadier, y Gabriela, mi novia, hicieron amistad y paseaban por el otro lado del colegio, cruzando el túnel. Me escondí a observar lo que hacían. ¿Cómo podía Renzo, el brigadir irrascible, levantarse a mi chica? Fue una falla mía y de mis amigos que no me avisaron a tiempo. ¡Fue por la putería de Gabriela que no se contentaba conmigo y con mi moto sino que necesitaba algo más! ¡Un brigadier!&lt;br /&gt;Los vi sentarse, tomarse de la mano, besarse.&lt;br /&gt;¡Tenía que vengarme de Gabriela y meterle una puñetiza a Renzo! Me fui del lugar, triste, comido mierda.&lt;br /&gt;Cuendo volví a ver a Gabriela, después de hacerle cometer las más infames poses sexuales, le dije que era una puta. Ella me dijo que yo era un maricón que la traicionaba sin parar con otras mujeres. Le dije que me cagaba en Renzo y que podía irse a la mierda con él. Me dijo que el que se iba a ir a la mierda era yo, se vistió, y se fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Nos encontramos a una cuadra del bar al que había entrado Renzo con Gabriela. Cada uno fue llegando en su moto o en su auto hasta esa esquina unas cuadras al sur del colegio.&lt;br /&gt;Eran famosas las peleas por allí. Una vez se dieron milicos contra chapas, en la calle, frente a un bar que hoy ya no existe. Los milicos incendiaron y voltearon una patrulla, y los policías tuvieron que huir.&lt;br /&gt;Nos encontramos allí para ir de bacile, pero mi intención era emboscar a Renzo, el cabreado, y sacarle la madre. Obvio que yo solo no iba a poder, que el azar me brindaba una oportunidad única, que ibamos a patearlo en el suelo. ¡Valía un pito que fuera brigadier, tenía que pagármelas! Nadie se mete con uno de nosotros y sale ileso. En realidad yo soy mal puñete: mis manos son delicadas, de pequeños nudillos. No tengo mucha fuerza en los brazos. No soy muy rápido.¡Pero por eso actuamos en masa!&lt;br /&gt;Nos fuimos a esperar a Renzo a la salida del bar. No era, lo que se dice, uno de esos bares de moda. Era un bar de esos chimbos, pero siempre repleto. Iba gente mayor, secretarias, brócratas, vendedores de medicamentos. Quienes me escuchan tal vez lo recuerden: El papillón. Dos negros forzudos vigilaban la puerta. La música llegaba hasta el otro lado de la vereda, tras el árbol que nos cubría.&lt;br /&gt;Eramos ocho, los de siempre: el sapo, el gordo, el bragueta, el nacho, el pato, el cabezón, el Guido y yo. Apenas lo vieramos salir lo ibamos a seguir hasta algún lugar solitario.&lt;br /&gt;Salió cuando comenzó a sonar la canción de moda de ese año: "dale a tu cuerpo alegría Macarena/que tu cuerpo es pa darle alegría macarena" Gabriela lo abrazaba. Alto, cadavérico, flexible. Su rostro era caballuno. Dieron la vuelta en la esquina y los seguimos. Nos colocamos las máscaras para que no nos reconozca. Lo vimos avanzar hacia la Orellana y yo comencé a correr para caer sobre él con una patada a la espalda.&lt;br /&gt;Apenas volteó a mirar, se soltó de Gabriela, dio vuelta, buscó algo en la chaqueta de cuero. Cuando estaba ya a pocos pasos de él, descubrí que me apuntaba con una pistola.&lt;br /&gt;Paré de golpe, atónito, helado de terror. Mis bodys - que quiere decir panas- comenzaron a correr, para salir de la línea de fuego.&lt;br /&gt;Mientras yo retrocedía, sin dejar de ver el arma, Renzo avanzaba, apuntándome. No podía ser descubierto. Di vuelta y empecé a correr.&lt;br /&gt;Un tiro resonó en la oscuridad. Seguí corriendo, temblando, mojado por el sudor o por la sangre, sin aliento, muerto del miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;Renunciamos a darle su merecido a Renzo. Seguí viajando en el mismo autobús en el que viajaba él. Renzo se sentaba en la primera fila y yo al final. Durante unas semanas me cambié de autobús, pero luego volví al que llegaba más cerca de mi casa, pues costaba mucho trabajo caminar.&lt;br /&gt;Quería hablar con Gabriela, pero ella nunca más quizo hablar conmigo. Seguro se había dado cuenta de que eramos nosotros los que intentamos caerle por la espalda a su nuevo novio. Quizá nos hubiera descubierto, si Renzo no hubiera estado tan loco. Nuestro brigadier no sólo odiaba la vida ajena, sino que andaba armado por si se le ofrecía acabar con lo que odiaba.&lt;br /&gt;En el colegio, como en todo lado, tratabamos de evadir la presencia de Renzo. Nó sólo le teníamos miedo, sino que nos comenzamos a sentir perseguidos. Abandonamos el box, las reuniones tras el coliseo, las rondas en el bar. Formabamos en segunda, tercera o cuarta fila. Nos portabamos bien en clase, hacíamos silencio en todo lado. Obedecíamos todas las órdenes, vinieran de quien vinieran y no abusabamos de los reclutas. Reinaba en nuestro ánimo un aire fúnebre.&lt;br /&gt;Las semanas siguiente de caerle a Renzo por la espalda teníamos los nervios electrificados, yo en especial, y cuando era imposible huir de él, saludabamos con un hilo de voz estremecido: "Buenos días mi brigadier".&lt;br /&gt;Creo que hasta enloquecí, y no volví a dormir bien. En mis pesadillas venían Renzo y gabriela a buscarme a la casa. Yo sabía que Renzo me iba a matar, pero no podía salir de mi habitación. Cuando al fin iban a abrir la puerta de mi dormitorio, me despertaba gritando.&lt;br /&gt;Por suerte estaba cerca el fin de año. Yo iba a pasar en todo, pues no era lo que se dice tonto. Vago sí, por eso copiaba los deberes y compraba los exámenes. Hubiera sido tonto si no lo hubiera hecho. Todos nosotros hacíamos lo mismo.&lt;br /&gt;Se acercaba el final del año y nosotros buscabamos un nombre para nuestra pata. Nos ibamos olvidando de Renzo, y comnzamos a ir a las fiestas como siempre, a organizar caidas, a hacer carreras en las motos.&lt;br /&gt;Eramos tres o cuatro en moto. En el día, corríamos entre los autos, en las calles abandonadas. En la noche salíamos desde la Plaza de toros, por toda la Amazonas, hasta el colegio. También corríamos en los autos. Todavía nadie se había matado -Guido se estrelló contra un camión en la navidad de sexto curso-y todavía nadie se acobardaba: después de que Guido se mató, dos años después, ya nadie quiso correr.&lt;br /&gt;Durante la semana de deportes, que se realizaba el último mes de clase, nos vestíamos con uniformes que se confeccionaban en las industrias militares. Elegíamos una madrinaque desfilaba a la cabeza del equipo y que participaba en la elección de la madrina de deportes del colegio. Nuestra madrina fue Elsie Gutiérrez, prima del chibolo. Intenté levantarmela antes del desfile, invitándola a pasear en mi moto, pero ya se había comprometido con un cadete de quinto que andaba en un jeep con doble transmisión.&lt;br /&gt;El sábado, acabada la semana de deportes, se celebarba el baile de gala. Yo tenía algunas candidatas que podían ir conmigo: Mishell, una vecina calentona; Rubí, una ex que había mejorado de cuerpo; Gina, una loca con la que bacilamos en un concierto.&lt;br /&gt;Se competía en todos los deportes, durante esa semana: ateltismo, natación, fútbol, basquet, voley, esgrima, tae kan do, box. ¡Me había olvidado del box! Cuando me acordé, me inscribí para pelear. había dejado de ir al box y me había cambiado a esgrima, porque eramos pocos allí y porque practicabamos en el coliseo, a puertas cerradas. Así estaba un poco más a salvo de Renzo.&lt;br /&gt;Toda la semana nos la pasamos viendo las carreras, los partidos de fútbol, las peleas de tae kan do y de box. Conforme pasaban los días, el box atraía más público. Yo todavía no sabía con quien me iba a tocar, pero deseaba de todo corazón que fuera alguien al que le pudieran pegar. Me tocaba el viernes, el último día de la semana. Y en la tarde.&lt;br /&gt;Cuando no estabamos de público en algún partido o en alguna pelea, ibamos al gimnasio, a practicar. Me decían que bajo la cara, que debo meter el vientre. Que no debo dar la espalda.&lt;br /&gt;Llegó el viernes. Ese día aparecí en el colegio como a las nueve de la mañana. Fui en mi moto. Yo estaba radiante, lleno de fe.&lt;br /&gt;Nos la pasamos entre el público que veía las peleas de box. A la hora establecida se presentaban cuatro o cinco pujilistas. El teniente Vega y el teniente Reyes alentaban a sus preferidos, y apostaban. Guanín, el entrenador, los hacía pesar en la balanza, escogía a los rivales, les calzaba los guantes, les ponía manteca en la cara, les colocaba el protector bucal. hacía sonar la campana. Algunos peleaban todos los rounds hasta que sonaba la campana por última vez. Otros perdían por k.o. Los guantes, muchas veces, se manchaban de sangre. A veces los protectores bucales salían volando de la boca con algún diente. Hacía un sol espantoso y en torno al ring se encontraba ya casi todo el colegio.&lt;br /&gt;Al medio día hubo un receso en las peleas. Fuimos a comer, a dar una vuelta. Todavía no sabíamos quien era mi rival.&lt;br /&gt;Volvimos al ring. No pudimos creer que entre los posibles contendores se encontrara perrológico. ¡El mismo Perrológico al que no habíamos visto desde hace tres meses! Guanin, el entrenador, nos hizo pesar. En la balanza la aguja señaló mi peso: idéntico al de Perrológico. Calzamos guantes, nos pusieron manteca, nos colocaron el protector bucal. ¡La pelea estaba ganada! Desde mi esquina vi el cuerpo enclenque de Méndez, su cara de jodido, su mirada de perro apaleado. Se levantó del banquito de su esquina, y antes de levantarme, vi tras él, sonriente, con una mirada que me heló la sangre, a Renzo. Perdí mis fuerzas de golpe, bajé la guardia, me tambaleaba como si me hubieran pegado un tiro.&lt;br /&gt;Mientras, tú te acercas dando saltitos, con la guardia alta, tensos los brazos, fulminante la mirada. Avanzas hacia el enemigo para lanzar el primer gancho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Emilio dice que se quedó a supletorios. Te parece lógico si se la pasaba solo en el chongo. Tú dejaste de acompañarlo. Preferías ir a buscar a Susi, hasta que la atacaron con globos de agua. Ahora Susi ya no quiere verte: nunca está, o si está siempre tiene algo que hacer. Cruzas frente a su casa, buscas la que ella te dijo que era su ventana, no la ves. O entras en la tienda y su madre indiferente te pasa una goma de mascar, un chocolate que olvidas al interior de tu maleta.&lt;br /&gt;En el colegio no haces más que practicar en el gimnasio contra el cuchimbolo. Te la pasas allí en el ring. Esquivas a los matones de tercero; cada vez que los tienes cerca te ocultas, tratas de que no te vean. Practicas contra el cuchimbolo en este gimnasio repleto de colchonetas, camas elásticas, barras, argollas en las que los gimnastas hacen piruetas. Esperas la oportunidad para hacer estallar la rabia que tienes adentro. Ahora lo único que tienes es una rabia creciente, y una mirada amarga.&lt;br /&gt;Tratas de cumplir bien todos tus deberes, de estudiar para todas las pruebas. Esperas el momento de probarte en el ring. Aunque te repugna la violencia experimentas cierto poder en tus guantes, en tus brazos que se han ido volviendo rápidos, en tus saltos que ahora son bastante ágiles.&lt;br /&gt;Te la pasas así, escondido de todo el mundo en el gimnasio, encerrado en tu cuarto en el que estudias, haces deberes, duermes. Le pediste a Emilio que venga una tarde para practicar. Emilio dice que tienes gruesos nudillos, golpes rápidos.&lt;br /&gt;Siempre estás cerca de Guanín, el entrenador. Siempre preguntándole sobre una pelea, pidiéndole una explicación sobre un movimiento.&lt;br /&gt;Te has acostumbrado ya a la mantequilla en la cara. Antes te producía asco, pero ahora su olor rancio te hace desear ver sangre. Y el protector bucal ya no te produce nausea como a otros. lo muerdes, como si tuvieras a tu enemigo entre las muelas.&lt;br /&gt;Te has vuelto más solitario que nunca, y sólo esperas el día propicio para pelear sin piedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capítulo cuatro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;En el corazón del patio de los actos cívicos se levanta el obelisco. Sobre la pequeña piscina oval suben las escaleras que llevan hasta el lugar de las astas. Suspendidas a unos metros del suelo, las banderas se izan las mañanas de los lunes. A mayor altura, la bandera amarilla, azul y roja, es mucho más larga y más ancha. Le sigue en tamaño y altura la bandera roja del ejército. por último, más pequeña y más abajo, flamea la bandera del colegio, negra y amarilla.&lt;br /&gt;La madrugada cruza por los patios del colegio. Su andar helado y silencioso se detiene, de pronto, frente al edificio central. Dos antiguos cañones resguardan la puerta principal, a la que se asciende por unas escaleras de piedra. Por allí bajan los cadetes, con un fusil al hombro, marchando al redoble del tambor, vestidos con el uniforme de botones dorados, zapatos de charol, y kepi, a izar la bandera.&lt;br /&gt;En la fachada del edificio se lee la siguiente sentencia: "Sólo venciéndote vencerás"&lt;br /&gt;Al pasar del umbral se encuentran, en el centro del vestíbulo, el pabellón nacional tras una protección de cristal.&lt;br /&gt;En las paredes se han colgado antiguas fotografías del Colegio Militar. Grupos de cadetes formados en fila, con su fusil, en un campo militar de hace setenta años. Un par de oficiales con un sable en la mano. Un atleta en la pista militar.&lt;br /&gt;A izquierda y derecha dos puertas de cristal llevan a los pasillos, y tras el pabellón tricolor, frente al cual deben cuadrarse los cadetes, otra puerta de cristal comuníca con el patio posterior, con las aulas y laboratorios, con las canchas y los otros edificios. Al fondo, tras la cancha de fútbol, en una esquina, se distingue un árbol deshojado, descomunal y sombrío: es el árbol del ahorcado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Poco a poco la luz atraviesa las ventanas, fluye por los patios y vestíbulos, devela las estatuas y los cuerpos de los edificios.&lt;br /&gt;Desde el balcón del edificio central se ve llegar a los cadetes el primer día de clase. Los automóviles se detienen frente a la prevensión y un muchacho, de doce, trece o catorce años desciende, se despide, cierra una puerta y avanza, camina a un costado del obelisco, evade, ignorándolas, a las estatuas que miran sin ojos desde los lados.&lt;br /&gt;El patio se convierte en un hormiguero: idénticos, vestidos casi todos de uniforme caqui, los cadetes atraviesan el patio de los actos cívicos rumbo al patio posterior, frente al micrófono, allí donde van a formar por compañias, con un banderín a la cabeza de la formación, firmes o a discresión, con las palmas de las manos pegadas a los pantalones o convertidas en un puño, levantando la cabeza, van a formar allí, todos los días del año.&lt;br /&gt;Penetran en silencio al interior del lugar en el que revuelan antiguos fantasmas. desde las ventanas de los edificios, desde los cerrojos de las puertas, desde los umbrales los miran ingresar los tristes fantasmas que habitan aquí.&lt;br /&gt;Entran los cadetes de sexto curso, versados en el arte de sobrevivir en este colegio, listos para tomar posesión de lo que consideran sus dominios. También arriban los de quinto, cuarto, y también los de tercero que recibirán órdenes, casi siempre crueles o absurdas, pero que también van a mandar, a ordenar, casi siempre de manera caprichosa o con el único fin de demostrar su autoridad. llegan también los que en la jerarquía ocupan el último lugar: los reclutas de primero y segundo, los inexpertos, los inocentes. Ellos todavía no conocen, o no conocen bien, lo que significa renunciar al deseo o a la voluntad, y tener que obedecer; o lo que quiere decir dominar sobre la voluntad o el deseo ajenos, y mandar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Al cadete Méndez J., ese primer día de clases de primer curso, su padre lo acompañó hasta la prevensión, allí donde los conscriptos piden identificarse al civil.&lt;br /&gt;Méndez J. avazó aquella mañana de setiembre por entre el obelisco, a un lado, y por entre estatuas de generales y coroneles, al otro. Avanzaba junto a los otros cadetes, en silencio, sin fijarse en las estatuas, en las banderas, en los cañones. Sólo pensaba en el frío que le ponía tiesas las manos, en el malestar que le revolvía el estómago.&lt;br /&gt;Méndez J. cruzó por entre el laboratorio de física y el edificio central y estuvo vagando por el patio hasta que alguien seguramente le dijo:&lt;br /&gt;-Recluta, tienes que formar frente al laboratorio de Química.&lt;br /&gt;Entonces Méndez se paró allí, donde la voz se lo ordenó. El patio se iba llenando lentamente, y los cadetes ocupaban su acostumbrado lugar de formación.&lt;br /&gt;Los reclutas de primero iban formando un rectángulo un poco deforme. No lograban alinearse bien, cubrirse con exactitud. Un brigadier se colocó frente a ellos y les ordenó mantenerse firmes, con la vista al cielo.&lt;br /&gt;Méndez j., cuyo malestar había aumentado hasta convertirse en un principio de nausea, levantó la vista, como se lo ordenaron, y tras los edificios vio al Pichincha, la montaña a cuyas faldas se dilató la ciudad. Pensaba, Méndez J., en cosas que no lograba elaborar, retener, concluir.&lt;br /&gt;Pasaban los minutos, y la nausea se convirtió en desasosiego. Sin emitir un quejido, un lamento, Méndez J., que se encontraba en primera fila, que esperaba, sin saber qué, pero esperaba, fue cerrando los ojos para contener su dolor, fue resistiéndose, fue cegando ese mundo de cadetes, marchas, movimientos marciales, y encontró en su interior un miedo helado y seco, un revolverse triste que lo poseyó por completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capítulo cinco&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Con un solo movimiento, el cachiporra, que en dialecto militar llaman tambor mayor, levantó hacia el cielo su cachiporra. Tras él, impertérritos, los cadetes de la banda de guerra o pelotón comando se inclinaron levemente hacia adelante, aprestándose a marchar.&lt;br /&gt;Como una especie de cortejo del cachiporrero, a izquierda y derecha de él, unos pasos atrás, se encontraban los liras.&lt;br /&gt;Las liras son instrumentos de forma piramidal, que se apoyan a la altura de la cadera y al tocarlas, con una pequeña baqueta, tienen un sonido de campanitas.&lt;br /&gt;Las dos primeras filas del pelotón se encuentran formadas por los trompetas. En su mano derecha estos cadetes llevan una trompeta lisa, sin sus pistones, una trompeta que resuena como una sirena de emergencia.&lt;br /&gt;Tras ellos se encuentran las flautas que, por lo general, cuando no se utilizan para tocar alguna de las canciones marciales, quienes las poseen, las usan para golpear en las nalgas a los reclutas, pues las flautas son de metal. Al tocarlas, emiten, antes que un sonido dulce, un silbido seco, sin las ondulaciones y colores de las flautas traversas.&lt;br /&gt;En tercer lugar marchan los tenores: unos bombos pequeños que se golpean con violencia, y que por lo general sirven para que los cadetes, al marchar, adviertan si han perdido el paso, es decir, si tienen el pie cambiado.¡Bom!¡Bom!¡Bom! suena el bombo.&lt;br /&gt;Por último marchan los tambores, una correa los sostiene al torso de los cadetes y, como los bombos o tenores, se apoyan en la cadera. Sin embargo, a diferencia de los bombos, los tambores son los instrumentos que llevan algún tipo de ritmo, y para tocarlos, pareciera que se necesita cierta destreza, pero en realidad, casi todo el mundo puede hacerlo.&lt;br /&gt;Ahora el tambor mayor hace unos giros con su cachiporra. Una flauta, desde atrás, toca unas notas como contestándole. Y alguien grita: "mar", y el pelotón comando avanza. Gira frente a la biblioteca, tocando su canción de guerra que se convierte en una especie de rugido, sigue frente al micrófono, tocando, siempre, ese ritmo marcial que no admite variantes y que obliga a marchar, pasa delante del autocentro, arrogante, triunfal como una locomotora, convencido de que sus marchas marciales son lo más potente que existe.&lt;br /&gt;Marca el paso, ahora, frente a las salas de música, y sus trompetas chillan, sus flautas silban, sus tenores gritan ¡Bom!, y sus tambores ¡tam!. Tras èl viene la gran marcha multitudinaria, inconmensurable, ciega y marcial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Porque, paradojicamente, este colegio militar contaba con salas de música, y con una orquesta sinfónica. Sin embargo, la música que esta orquesta hacia nacer de sus partituras y de sus instrumentos, apenas si se llegaba a escuchar una o dos veces al año, y eran las marchas militares, que el pelotón comando tocaba en los patios, las que se escuchaban cotidianamente.&lt;br /&gt;¿Por qué existía una sala de música, una orquesta sinfónica?Si existía cierta preocupación por la sensibilidad o por el saber, ésta era negada por el trato diario. Es decir, existía, como muchas cosas en este mundo, por esnobismo o por simulación.&lt;br /&gt;Al entrar por el pasillo de las salas de música se escuchaba, tras una puerta, a un saxofón, un barítono, practicando esa conocida canción: la chica de Ipanema. Se notaba que al tocar, de pronto, se equivocaba o dudaba, pero era tan suave su fluir, que el corazón se henchía de gozo. En la siguiente puerta, unas flautas traversas tocaban unas notas de La bamba. Cuando lo hacían, su interpretación era modulada por la fuerza o la delicadeza con que el aire ènetraba por la boquilla. Picado. Picado. Unos pasos más allá, alguien toca un piano. Lo hace delicada, suavemente. De golpe, para. Estaba tocando el acompañamiento de una pieza clásica: una serenata. Una voz explica que las semicorcheas, que la escala cromática, que el sí bemol.&lt;br /&gt;Delante de la orquesta se colocaba el director. Pedía una nota del piano, para ir afinando los instrumentos, antes de interpretar una pieza sencilla. Ellos imaginan que algún día tendra´n presentación, pero nunca se sabe cuando. Al fin, en la elección de Reina, podrán tocar "¡New York, New York!", "Gotas de lluvia sobre mi cabeza", "Reloj no marques las horas".&lt;br /&gt;Frente al director, que ahora marca los tiempos, se encuentran los clarinetes. Poco a poco, in crescendo, los clarinetes inician una pieza que apenas están aprendiendo: "Noches de Moscú". Tras ellos se distinguen las flautas y los saxofones, en tercera fila los trombones, en una esquina el piano, junto a él un timbal y un corno, y en la otra esquina, las trompetas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Méndez J. y Quishpe E. avanzan por el pasillo de la sala de música, hacia la puerta del fondo. Las melodías, los ritmos, los gallos se mezclan, se entrecruzan, chocan: en la atmósfera electrificada por el resonar de los instrumentos, fluye un océano de música. Avanzan, Jorge méndez y Emilio Quishpe hacia la puerta del fondo y, al llegar, la abran sin tocar. Allí está la profesora: tiene el pelo muy negro, los labios gruesos y un cuerpo de carnes firmes y curvas precisas. Jorge y emilio no saben si van por la trompeta, o por la profesora, pero ellos son los dos únicos que asisten a esta hora de música. Son los únicos trompetistas de la orquesta sinfónica.&lt;br /&gt;Buscan sus instrumentos en el casillero, los sacan de sus cajas, en las que las trompetas reposan en una nube de terciopelo negro o carmesí.&lt;br /&gt;Ahora practican, con los dedos, las notas: presionan sobre las únicas tres llaves de la trompeta. la limpian, con un trapito, le ponen la embocadura, soplan de su cuerpo de metal, ¡ta-tarata-ta-tatarata!, haciendo un esfuerzo con el estómago. Tras unos minutos de soplar y presionar los pistones, la maestra dice:&lt;br /&gt;-Vamos, ahora la escala cromática.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Capítulo siete&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Sueña Jorge que entre sus papelitos encuentra una carta. Cuando sale de casa, a enviar la carta por el correo, se encuentra de pronto, en el patio del colegio. Una angustia intensa lo posee, porque ha estallado la guerra, y de lo profundo de su sueño inician su marcha triunfal las armas. Mientras su sueño y su miedo lo mantienen en el centro del patio, con sus dedos busca la carta. Es una carta de amor, que ahora se le escapa.&lt;br /&gt;Extraña, la carta se mantiene adherida a las yemas de sus dedos, como si fuera una pluma.&lt;br /&gt;Escucha, mientras tanto, el avance de los blindados, el vuelo de los jets, la marcha de los pelotones. De pronto, anochece, y se escuchan cercanos los cantos guerreros.&lt;br /&gt;Jorge se mantiene prendido de su carta, como cuando se dice que alguien tiene la vida en un hilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;Sueña Jorge Méndez que conduce un autobus. Corre por la ciudad, como si lo persiguieran. Nunca se ha sentido tan poseído por el vértigo. Aunque cada vez aumenta la velocidad, no puede parar.&lt;br /&gt;Es una ciudad interminable, y sin advertirlo, el autobus comienza a correr sin control; por una pendiente se aproxima al abismo. Presiente que el corazón le va a saltar por la boca. Si pudiera despertar, se encontraría en su habitación, en su cama, sudando. Pero no despierta y la velocidad lo desvanece todo; allí se distingue el abismo: es de rocas peladas, es poderosísimo, es un vacío.&lt;br /&gt;En un último gesto, Jorge intenta gritar y en lugar de hundirse en el despeñadero, el auto cuelga de las ruedas de atrás, balanceándose, sostenido por algo dentro de él mismo, de Jorge que grita, sin poder despertar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Sueña un muchacho que una bicicleta lo lleva por la orilla del mar. Es un viaje apacible, y el muchacho sabe que acabará al llegar a la punta que se divisa al fondo. Canta el mar con su oleaje. Brilla la espuma. Una alegría inaudita lo posee, como si lo poseyera un amor, y a medida que la bicicleta avanza por entre la vegetación deslumbrante, por entre flores enloquecedoras, y bajo un sol que acaba de nacer, ese amor va creciendo dentro de él.&lt;br /&gt;Avanza el muchacho hacia la punta donde el mar, al romper contra las peñas, con un sentimiento suave, se convierte en un aire flamígero. Sueña que va cantando, el muchacho.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/19787413-113435674593027817?l=perrologico.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://perrologico.blogspot.com/feeds/113435674593027817/comments/default' title='Post Comments'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=19787413&amp;postID=113435674593027817&amp;isPopup=true' title='12 Comments'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19787413/posts/default/113435674593027817'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/19787413/posts/default/113435674593027817'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://perrologico.blogspot.com/2005/12/perrolgico.html' title='Perrológico'/><author><name>DavidGuzmanJativa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04543080591887078524</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>12</thr:total></entry></feed>
